martes, enero 08, 2008

La Ruina de la Diosa (relato para la IX ronda de EDV)

Esta es una historia antigua como el mundo, más aún que el reinado de los hombres y la pretendida supremacía de estos sobre la otra mitad de la humanidad, pues cuando los hechos que narro acontecieron, eran las mujeres las que organizaban la vida en comunidad. Y lo cierto es que las sociedades matriarcales de aquellos primeros tiempos de la inocencia eran pacíficas y felices, despreocupadas y ajenas a los peligros que acechaban cada vez más cerca...

Transcurría la era de la luna, de la Diosa que regía benévola para todos, fértil y pródiga, presta a ofrendar sus frutos, generosa esparciendo sus bienes... La era anterior al desarrollo de la agricultura, cuando el ser humano aún se regía por los ciclos lunares en lugar de penar bajo el yugo abrasador del tirano sol. Mujer y hombre se repartían las tareas por igual y hallaban placer juntos en la caza y en la recolección de los dones de la Madre Tierra. Hallaban solaz en las danzas, en las narraciones alrededor del fuego, en los rituales de fecundidad, y veneraban los prodigiosos misterios de la maternidad que convertían a cada mujer encinta y a cada madre en un reflejo de la Diosa en su aspecto más benévolo y generoso: el de dadora de vida.

Pero las tribus guerreras del Este presionaban y se extendían como parásitos sobre una bestia sarnosa. Y así sucedió que llegaron una noche, oscuros y malolientes, portando armas toscas y funestas intenciones, hombres más feroces que alimañas formando hordas hambrientas de sufrimiento.

La matriarca de la aldea aún estaba despierta cuando comenzaron a oírse los primeros gritos, e innumerables lamentos habrían de unirse a aquellos primeros antes del amanecer. Salió de su cabaña para observar horrorizada la masacre: los suyos ni siquiera habían tenido tiempo de tomar un arco o una lanza entre sus manos, los atacantes habían caído sobre ellos inesperadamente, del mismo modo que los nubarrones que en esos momentos ocultaban el rostro de la luna.

- ¡Matadme a mí!- vociferaba enfurecida- ¡a mí en primer lugar! ¡Mátame, maldito seas!- ordenó a uno de los atacantes, aferrándolo, clavándole las uñas, sacudiéndolo con una fuerza inconcebible que a punto estuvo de derribarlo. El hombre la miró desconcertado, asustado posó su mirada en los collares de ámbar que adornaban el cuello de la matriarca, en las plumas y las pieles que formaban sus vestiduras, en el vientre abultado que evidenciaba un parto inminente. Se soltó de su presa de un tirón y se alejó a trompicones en busca de una víctima más propicia. La mujer corrió tras él y le destrozó el cráneo con su bastón de mando, sangre y sesos la salpicaron, y ella, como enloquecida, se cubrió con aquellas sustancias, dejó que la esencia de la muerte penetrara en ella.

-¡Ahora seré portadora de destrucción y no de vida! ¿Me oyes, madre? ¡No me abandones esta noche aunque apartes tu mirada de la tierra! ¡Que tu oscuridad acompañe a la de mi alma!

Exclamando estas palabras se abalanzó sobre el invasor más cercano, que se esforzaba sobre una chiquilla herida, tratando de violarla. El primer golpe le partió la columna y lo arrojó a varios metros de su víctima. El segundo casi arrancó su mandíbula de cuajo e hizo que uno de sus ojos se descolgara grotescamente de su cuenca. A partir de ese instante, no se entretuvo en golpear más de una vez a sus enemigos. Uno tras otro fueron cayendo bajo su bastón y su furia sin posibilidad de defensa, temerosos de dañar a una matriarca por demás preñada. Aunque aquella no fuera su cultura, sus creencias... ¡eso sería casi como atacar a la misma Diosa! Historias sobre los poderes sagrados de las matriarcas, que asumían el papel de hechiceras a la par que el de líderes, habían llegado hasta sus oídos, y nadie osaría alzar la mano contra una de aquellas mujeres.

Aunque hubiera luchado durante toda una vida, aunque hubiera habido diez más como ella, los suyos estaban destinados a la derrota. El oponente era infinitamente más numeroso, y ellos no eran más que unos aldeanos acostumbrados a la paz.

El alba se anunciaba tímida en el horizonte, el sol parecía reacio a salir y durante un largo espacio de tiempo el cielo flameó con los colores de la sangre antes de que éste mostrara su faz.

Sólo quedaba ella en pie, exhausta, cubierta de pies a cabeza con la sangre de sus enemigos.

- Quiero morir como vine,- arrojó a un lado su manto- yacer desnuda en contacto con la Madre.-Su piel relucía roja, su angustia por los perdidos, por su pueblo, cuyas historias ya nadie contaría, fluía por su rostro en forma de llanto. Las lágrimas se mezclaban con la sangre, y fue entonces cuando el niño que llevaba dentro se rindió y entregó la vida tras aquella noche cruel. La que había sido matriarca de toda una tribu sintió a su bebé perecer dentro de ella; las fuerzas la abandonaron y cayó al suelo rendida, muerta en vida, vacía de toda esperanza.

Los hombres de las hordas se limitaron a rodear su cuerpo castigado y prosiguieron su camino, abandonándola a su suerte, sin osar rozarla siquiera.

La mujer se arrastró hacia el altar de la Diosa, la única construcción de piedra de toda la aldea, lo único que no se había visto reducido a cenizas. Yació junto a él durante días antes de pasar al otro lado.

-Si tan sólo hubiera sucedido antes...-se lamentó su espíritu mientras abandonada su morada de carne- quizás así, libre, habría podido hacer algo...- Y su etérea figura refulgía con una intensa luz blanca mientras guiaba a las almas de los suyos hacia los brazos de la Madre.

Pedazos de aquel altar aún continúan anclados a la tierra en su lugar original, melancólicas ruinas de lo que una vez fue bello.

2 comentarios:

Germán Ulrich dijo...

Me gusta tu blog, volveré por aquí con más tiempo.
Saludos

agustinromerobarroso@gmail.com dijo...

Fíjate si fue así, que palabras recalcitrantemente antiguas, fachias y carcas, como matrimonio tiene su base en la matriz, la "medida" del contrato matricial, o matrimonial. Medida, matriz, matrimonio proceden de la misma raíz indoeuropea. Amiga, en la propia lengua, como algo vivo, está el pasado más claro que en ninguna parte. ¡Ah, mandar también procede de la misma raís que matrimonio, matriz, medir...
Reflexiona..., ¿quién maltrató a quien?